Ruido de fondo.- Don Delillo

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Ruido de fondo.- Don Delillo

Decidí leer Ruido de fondo de Don Delillo por tres razones: seguir mi plan de leer de todo y todo bueno de grandes autores, la sinopsis (que me llamó poderosamente la atención) y la portada con la lata de sopa Campbell mostrando el metal de la propia lata tras el papel raído con la marca: un símbolo desnudo.
Le doy importancia al último punto porque guarda una relación poderosa con uno de los temas de la novela: el poder de los medios de comunicación para aportar volumen a ese ruido de fondo que padecen los personajes. Esa nada formada de un todo heterogéneo de cosas triviales que terminan por apartarnos de aspectos más trascendentales de la vida, de preguntas vitales que, a veces, como ciudadanos occidentales sumidos en una forma de vida capitalista olvidamos hacernos.

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¿Qué dices Andy?

Jack Gladney es un profesor universitario experto en estudios hitlerianos, un hombre con varios divorcios a sus espaldas que vive en una buena casa con su pareja actual, Babette, y con cuatro niños, algunos de ella, otros de él, y producto de anteriores relaciones: Steffie, Denise, Heinrich y Wilder. Nada y todo es lo que sucede en esta afinada comedia, una sátira en la que hay un punto de inflexión muy definido: un accidente químico que genera unas nubes tóxicas; una amenaza real para la aparentemente segura y anodina Blacksmith, una comunidad que solo había disfrutado de catástrofes y desastres a través de radio o televisión. A partir de entonces, todos los personajes, en diferente medida, comienzan a hacerse preguntas sobre la muerte, la seguridad, la comodidad, la desnaturalización del ser humano, la verdadera utilidad de nuestros conocimientos etc… En ocasiones, con tanta pregunta, nos da la sensación de estar leyendo un ensayo, pero un ensayo con personajes, una trama, un comienzo, un nudo y un desenlace. Una novela muy atípica y peculiar.

Durante el desarrollo de la narración, Delillo se encarga de dejar patente la existencia de muchas formas de ese ruido de fondo:

A) Menciones constantes a lo que dicen los medios, ya sea televisión o radio. Anuncios que interrumpen sin piedad el desarrollo de la historia (incluso conversaciones) convirtiéndose en parte efectiva de ella. Todo un recurso.

La radio dijo: «Es el holograma lo que confiere a la tarjeta de crédito su intriga mercantil.»

La televisión dijo: «Ahora pondremos las pequeñas antenas sobre la mariposa.»

Kleenex softique, Kleenex softique.

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Y tan feas ya nos enganchaban…

B) Cantidad de conocimientos innecesarios o poco aplicables al día día, derivados del bombardeo de información.

—¿Qué te dice el nombre de Dylar?
—¿Te refieres a la chica negra que vive con los Stover?
—Ésa es Dakar —intervino Steffie.
—No se llama Dakar. Dakar es el lugar de donde procede —dijo Denise—. Está en África, en un país llamado Costa de Marfil.
—La capital es Lagos —dijo Babette—. Lo sé por una película que vi en cierta ocasión acerca de unos surfistas que se dedicaban a viajar por todo el mundo.
—La ola perfecta —dijo Heinrich—. La vi en televisión.
—Pero ¿cómo se llama la chica? —preguntó Steffie.
—No lo sé —dijo Babette—, pero la película no se llamaba La ola perfecta. La ola perfecta era lo que buscaban los protagonistas.
—Viajaban a Hawai —dijo Steffie, dirigiéndose a Denise—, y una vez allí esperaban la llegada de una marejada procedente de Japón a la que llaman origami.
—Y la película se llama El largo y cálido verano —dijo su madre.
—Da la casualidad —dijo Heinrich— de que El largo y cálido verano es una obra de teatro de Tennessee Ernie Williams.

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¿Información o desinformación?

C) Descripciones hasta aburrir de los supermercados y los productos que en ellos se venden, todo un mundo de abducción material.

“Las dos niñas caminaban de avanzadilla, descubriendo cosas que pensaban que podría necesitar o desear, regresando a la carrera para avisarme, asiéndose a mis brazos, rogándome que las siguiera. Se comportaban como mis guías hacia el eterno bienestar. La gente se arremolinaba en torno a las boutiques y tiendas de gourmet. Del enorme patio se elevaba una música de órgano. A nosotros llegaba el olor a chocolate, a palomitas, a agua de colonia; podíamos olfatear alfombras y pieles, salamis colgados y mortífero vinilo”.

“Estos supermercados tan grandes, tan limpios y tan modernos representan para mí una revelación. Me he pasado la vida en tiendas de ultramarinos pequeñas y sofocantes, llenas de vitrinas inclinadas con bandejas de alimentos blandos, húmedos, apelmazados”.

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¿Necesito esto?

D) Incluso el momento de comer supone un momento de abstracción para Delillo.

“Decidimos comer en el coche: su espacio interior cubría perfectamente nuestras necesidades. Queríamos comer, no mirar a la gente. Queríamos llenar el estómago y zanjar la cuestión. No necesitábamos luz ni espacio y, desde luego, no necesitábamos sentarnos frente a frente mientras comíamos ni construir un entramado sutil y complejo de señales y códigos. Nos bastaba con comer mirando todos en la misma dirección”.

¿Qué tal está tu niño sirio al escabeche?

Esta exposición constante a ese ruido blanco, las relaciones que mantienen los personajes y el tono de comedia surrealista que imprime Delillo, da lugar a una batería de preguntas larguísima que no siempre viene hecha por parte de Jack Gladney, tales como:

¿Qué podría haber más latente que la muerte? ¿Y si la muerte no fuera otra cosa que ruido?

¿Tan privada es la basura? ¿Refleja acaso su núcleo nuestro calor personal, el rastro de nuestra naturaleza íntima y las revelaciones de anhelos secretos e imperfecciones humillantes? ¿Qué hábitos, fetiches, vicios e inclinaciones revela? ¿Qué actos solitarios, qué rutinas de comportamiento?

¿Podemos fabricar un refrigerador? ¿podemos explicar siquiera cómo funciona? ¿Qué es la electricidad? ¿Qué es la luz?

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Ruido, ruido dentro de tu cabeza…

Lo inverosímil y surrealista está, tal como ya he mencionado, muy presente: niños que reflexionan como adultos, monjas que no creen en Dios pero callan para no hacer perder la fe a los demás, menores que juegan a distancia al ajedrez con asesinos convictos, ancianas que mueren de miedo tras cuatro días perdidas en un centro comercial, un joven dispuesto a batir el récord guinness de días encerrado con serpientes mortales, o profesores de alemán que introducen los dedos en la boca para corregir la posición de la lengua de sus alumnos.
Don Delillo consigue crear un universo cercano y delirante a la vez, dejando, durante la novela, frases realmente buenas:

“Aquí no morimos: compramos”

“La televisión solo constituye un problema para aquellos que han olvidado cómo mirar y cómo escuchar”

“El olvido se ha introducido en el aire y en el agua. Ha pasado a formar parte de la cadena alimenticia”

“Viejos amores, viejos temores”

“Esas cosas le ocurren a la gente pobre que vive en zonas desprotegidas”

“No deben concebir como actos de violencia los accidentes automovilísticos que aparecen en las películas”

“El miedo es la autoconciencia elevada a un nivel superior”

“Los incendios son ocasiones en los que padres e hijos estrechan vínculos de compañerismo”

“Es posible sentir nostalgia de un lugar aunque no te hayas marchado de él”

En resumen, este libro es una joya, imprescindible si te gusta pensar y enfrentarte a verdaderas preguntas existenciales; a miedos que no caducan.

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