DEMASU es el relato que envié al certamen “Cuando vienen del otro lado” y del cual resulté ganador. Tras largos meses, la antología que recoge tanto los relatos ganadores, como los más reseñables, ve la luz bajo el nombre de KAIDAN. A continuación os dejo mi obra, pero no olvidéis que tanto esta como el resto están a la venta en: https://tienda.edicionesbabylon.es/es/novelas/6013-kaidan-cuando-vienen-del-otro-lado-8434273027006.html

 

DEMASU

Boqueo, aún en los límites del sueño, arrastrando el aire a mis pulmones. Aire que hasta hace un momento me negaban unas figuras que me señalaban y se reían de mí, emitiendo carcajadas inarticuladas, fantasmales, como surgidas tras sendas sonrisas de anuncio de dentífrico. Un latigazo en la espalda, desde la nuca hasta el lumbago, termina por devolverme a la vigilia. Los músculos del torso me arden.

Debería hacer caso a madre y aceptar la visita de un médico.

«No. No es para tanto. Mejor no avergonzarlos. Ya pasará».

El zumbido perenne del frigorífico y el parpadeo incesante del portátil se suman a mi realidad diurna.

Cuando me levanto del suelo, siento como si aún cargara la mochila que dejé a la entrada de la cocina dos años atrás.

La luz plomiza de la mañana se filtra bajo la persiana, pegándose a los azulejos y la encimera, plasmando una suerte de tentáculos grises en el rincón en el que decidí que iría la cama: un conjunto de mantas, sábanas y una vieja esterilla.

La ventana vibra con el arranque de un nuevo día en el exterior. El sonido embotado del tráfico se vuelve estridencia cuando abro y dejo que la polución diurna de Osaka se mezcle con el olor del ramen estancado y el del cubo de los excrementos. Tras una primera ráfaga que agita el aire viciado de la cocina, los olores terminan por equilibrarse en una amalgama repulsiva, pero soportable para mí.

Divago un rato; enhiesto, con la mirada perdida en el pasillo, pensando en lo que haría de ser alguien digno, de ser normal. Debería llevar el cubo al cuarto de baño y vaciarlo, más allá del pasillo. Aliviar esa carga, ese trabajo deshonroso, a madre.

«No. Madre podría verme. Iré de noche».

Cojo uno de los vasos que coronan la pila del fregadero, raspo los restos de cereales del día anterior, y lo enjuago. Repito el proceso y me repito que no deben verme así.

«No. Así no».

Un poco de zumo después doy por terminado mi desayuno.

Enciendo el monitor del PC y restauro sesión. La última búsqueda aparece aún reflejada en Google: «Historia de Kamagasaki, de la reivindicación al ostracismo».

Me pregunto si estará ya despierto.

Vuelvo a acercarme a la ventana y miro hacia abajo, con cuidado, parapetándome tras las cortinas. Su tienda de campaña sigue ahí abajo: pequeña, tipo iglú y de un verde oscuro; el único punto disconforme en toda la línea homogénea de tiendas de campaña canadienses o estructurales, todas azules, que definen la calle. Lo atisbo cerca, tomando café, hablando con otros en su situación. Haciendo frente a las miradas, soportando el acoso de las innumerables cámaras que el gobierno dispusiera hace años para controlar la vergüenza de Kamagasaki.

Me aparto de la ventana y cojo mi pequeño bloc, dispuesto a repasar mi única conversación real en estos últimos dos años, puede que más.

 

***

 

—Hola. Me llamo Shun, tengo 16 años. Vivo enfrente de usted, en el tercero. Si no quiere responderme… lo entendería. Puede quedarse la libreta y el bolígrafo. De lo contrario, puede devolvérmelo con su respuesta. Si mira arriba, verá mi mano.

—Ya la vi. Me costó varios intentos acertar, no es nada fácil, está muy alto. Me llamo Hideaki, soy algo mayor que tú, chico, 41 ¿Por qué no te muestras? Espero que no estés intentando reírte de mí.

—No, no. Mis disculpas, señor. Fue una estupidez por mi parte.

—No importa. Me alegra saber que eres un chico educado y no quieres reírte de mi situación. Simplemente me resultó poco habitual tu proposición, pero dime, entonces… ¿Por qué no te muestras?

—Soy una vergüenza para mí y mi familia. Solo me aburría, perdone, señor.

—No son necesarias más disculpas. Todos los de aquí abajo también somos, de alguna forma, una vergüenza para los nuestros. Yo no puedo mantener a mi familia, no consigo un trabajo adecuado ¿Qué has hecho tú para creer avergonzarlos?

—Dejé el bachillerato. No soy lo que ellos querían.

—¿Y tú? ¿Qué quieres ser tú? Tu caligrafía es buena. Yo era maestro.

—No lo sé. Nunca lo he pensado, pero no quiero volver al instituto. Mis compañeros cometían ijime contra mí y los maestros me ignoraban. Nunca hicieron nada. Por favor, no diga nada, señor.

—Tranquilo, chico. Piensa en qué quieres hacer ¿No sales de ahí? ¿Eres uno de esos chicos que se oculta? Donde trabajaba había alguno que nunca volvió.

—Sí, llevo casi dos años. Soy una vergüenza. Perdone la molestia, puede quedarse la libreta.

—De eso nada. La libreta es tuya. Si quieres, de hecho, es nuestra.

—Sí, gracias…

—No hay de qué. Hasta otro día Shun.

 

***

 

—¡Shun! —Es la voz de madre.

Dejo la libreta y me acerco hasta el pasillo para responder y asegurarme de que no ha entrado más allá de la puerta que delimita mi zona: —¿Sí, madre?

—Voy a salir, ¿quieres algo?

La puerta sigue cerrada; a su lado, el aparador en el que amontono la ropa hasta tapar un espejo de cuerpo entero que llega casi hasta el techo.

—No, gracias.

—¿Y tu espalda? ¿Estás mejor?

—Mejor, madre. No te preocupes.

«Deja de preocuparte. Por favor».

—Vale.

Cuando vuelvo, Hideaki ya no está. El cielo de Osaka es como una capota que apenas deja pasar el sol.

Cierro la ventana y vuelvo al ordenador.

Justo antes de aplastarme en la esquina del ordenador vuelvo a sentir un enorme peso sobre mis hombros, como si algo tirara de mí hacia abajo. Quizá sí debiera aceptar que entrara un médico.

«No. Padre y Madre ya tienen suficiente conmigo. Comeré más y haré ejercicio».

Dejo pasar los minutos en grandes paquetes que se hacen horas, zigzagueando de manera compulsiva entre juegos, páginas y aplicaciones diversas: WOW, LOL, Youtube etc… Reviso mi Instagram: saturado de fotos de mi habitación, de mi comida, mi ropa, y algunas instantáneas puntuales de Kamagasaki. Soy el usuario Kamagasaki1234. Tengo seis “me gusta”, uno de ellos en una foto desenfocada de un par de calcetines usados; alguien comentó hace seis meses que era reveladora. Pregunté el porqué, nunca me contestó.

Como fideos fríos y algo de atún y vuelvo al ordenador. Cinco minutos después, vuelvo a levantarme y a dirigirme a la ventana. La tarde en Kamagasaki parece hoy algo más luminosa. Los rayos, a pesar de entrar casi con vergüenza, desentrañan las sombras de la cocina como si se trataran de telarañas. Vuelvo a mirar. Hideaki no está. Cojo la libreta y la abro al azar.

 

***

 

—Hola, Hideaki ¿Qué tal tu día? No te vi hoy.

—Fui a las oficinas de empleo. He encontrado algo temporal, no lo suficientemente bueno ¿Y tú, Shun, qué tal tu día?

—Es admirable su saber estar. Yo poco, como siempre. Últimamente me siento cansado, como si nunca durmiera. He intentado hacer algo de ejercicio, pero no sirve.

—¿Has pensado qué te gustaría hacer? Hay algo que te deba gustar.

—He estado mirando vídeos sobre otros países. Quizá algún día me sienta capaz de viajar.

—¿Qué te lo impide ahora?

—Sería un lastre todavía mayor para mis padres. Además, no puedo hablar con toda la gente mediante una libreta.

—Tendrás que intentarlo en algún momento.

—No sé si seré capaz. Ni siquiera estoy seguro de haber podido alguna vez. Voy a cenar. Buenas noches, Hideaki. Gracias.

—De nada, Shun. Que aproveche.

 

—Te he visto esta mañana haciendo señales ¿Cómo estás?

—Quería saber cómo estabas, chico. Hace días que no hablas y teniendo tú la libreta no tenía otra forma que intentar llamar tu atención.

—He estado peor. Cada día me despierto más cansado. Mi madre quiere que deje entrar a un médico, pero no quiero avergonzarla.

—Cuida de la preocupación de tu madre, no de su vergüenza. Sano podrás viajar, enfermo no.

—No he vuelto a mirar páginas sobre otros países.

—Acepta el médico, Shun. Por cierto, creo que te he visto. Eres más alto de lo que imaginaba, un japonés alto y fuerte que debería mostrarse orgulloso de serlo.

—No lo creo. Solo me he levantado para lanzar la libreta, y lo hago poniéndome a un lado, tras las cortinas. Solo mido 1,70m. Me pensaré lo del médico. Voy a echarme de nuevo un rato, me siento mal.

—Me habré confundido. No postergues lo del médico. Descansa, Shun.

 

***

 

Dejo de leer. Hideaki sigue sin aparecer.

Me vuelvo a sentir pesado, como un joven con obesidad mórbida de un documental que vi días atrás. No paraba de repetir que se sentía como un matorral. No tengo piernas, tengo raíces, repetía. Como un árbol entonces, le decían. No, como un matorral, solo como un matorral, respondía él. Se llamaba Dustin y era de Waco, Texas. Me gustaría ir allí.

El sol cae y la danza de grises vuelve a mis paredes. Los límites de la estancia, ahora indefinidos, parecen exceder la realidad, como si fuera mayor, más ignota. Hay abismos en los puntos muertos de la cocina.

El blanco cegador de la pantalla penetra mis ojos como agujas, con mayor inquina que con la que penetra la oscuridad circundante.

Estoy cansado.

Me acerco al monitor para apagarlo y observo como los números se invirtieron desde que esta mañana empezara mi atracón de mundo a distancia: de las 12:12h a las 21:21h.

El aire nocturno me hace girarme y volver sobre mis pasos. Subo algo más la persiana y vuelvo a asomarme a Kamagasaki. No hay mucho tráfico ahora; hasta el susurro avergonzado de los parias llega transportado por el viento hasta el tercero.

Ahí está Hideaki, fuera de su tienda, calentando algo en su hornillo. Siento nauseas al pensar en el ramen.

Agarro la libreta, escribo un par de líneas y realizo un buen lanzamiento a pesar de la falta de iluminación. Parece que se percata. Enciendo la luz para facilitar su lanzamiento. Me agacho y agito la mano en alto. Al rato, la libreta entra por la ventana, y, como una enorme mariposa desmadejada, impacta contra la encimera.

 

***

 

 

—Hola, Hideaki. No te vi ayer ¿Mucho trabajo?

—Sí. De hecho he conseguido un contrato serio. Ayer llamé a mi mujer. Estoy nervioso, quiere que vuelva a casa y creo que merezco volver. Soy de nuevo digno de ellas.

 

***

 

Paro unos minutos, respirando pesadamente. La espalda me arde como si hubieran posado dos teas ardiendo sobre ella. Vuelvo a escribir.

 

***

 

—Me alegro, Hideaki, te lo mereces

—Gracias, Shun. Ahora te toca a ti. Debes darte una oportunidad ¡Oye, ahora sí que te he visto! Me engañaste, chico. Sí que eres alto. De hecho creo que nunca he tenido un alumno de tu edad, tan robusto.

—No me levanté en ningún momento. No has podido verme. Ni siquiera me levanté esta última vez para lanzar la libreta.

—¿Cómo que no? Pero si incluso me has saludado…

 

***

 

Me quedo unos segundos observando el cuadriculado de la libreta, pero la voz aséptica de madre rompe mi ensimismamiento.

—¿Shun, quieres cenar?

—Sí, madre, ahora me acerco.

—Ven a la puerta —insiste.

Recorro el pasillo hasta la puerta, y espero al lado del aparador. Madre debió de llevarse buena parte de la ropa sin que me diera cuenta. Mi figura se refleja en el espejo, por encima del último pijama que queda ahora como cima de una pequeña colina de ropa. Estoy aún más delgado. Mi cuerpo es el propio de un chico que dejó su mochila dos años atrás a la entrada de la cocina, ni más ni menos.

Mi madre parece hablar con alguien. Mi espalda arde, mis hombros pesan. No es padre. Déjame que hable con él, le oigo decir.

—¿Qué has traído, madre, un médico? ¿Has traído al médico?

«No, madre. Por favor».

—¡Hijo, por favor! Déjalo pasar y que te mire.

—Huele fuerte ­—oigo susurrar al médico.

Me veo las costillas. Mis pulmones se convierten en dos de esas pequeñas bolsas para hacer hielo, incapaces de retener apenas dos suspiros. Doy un paso atrás y tropiezo, y tiro al suelo el pequeño montón de ropa que quedaba en el aparador. Me veo de cuerpo entero.

«No, madre».

El pomo se mueve.

—Déjame, Shun —dice el médico, como si me conociera— Tardaré poco, es por tu bien. Debes salir de aquí, te hará bien.

El aire decide no entrar en mis pulmones.

Aprieto el pomo y me resisto. Empujo el aparador para bloquear la entrada. Mi madre solloza.

«No, yo no quería esto. No, madre».

—¡Déjame, chico!

Aguanto, haciendo fuerza con mis escuálidos brazos. Miro atrás y veo mi mochila, en la entrada de la cocina, sigue pegada a la puerta.

Intento respirar, pero no puedo. Lloro.

Llora.

«No llores, madre. No llores».

Observo en el espejo como de la oscuridad surgen, a mi espalda, tentáculos oscuros, como abismos, lazos nudosos rematados por ojos: con párpados y pestañas, inquisidores, ladinos, prejuiciosos. Me estrangulan sin matar, hasta perder su longitud en torno a mi cuello, dejando sus orbes escrutadores pegados a mi rostro.

—¡Déjame, chico, déjame entrar!

Madre llora.

«No llores, madre. No llores».

—¡No, no! ¡Para, déjalo! —grita madre. Nunca la había oído gritar antes.

Dos enormes brazos, oscuros, como madera calcinada, penetran bajo mis músculos, a la altura de los hombros.

La espalda me arde.

—¡Chico, sal! ¡Debes salir! ¡Déjame que te vea!

—¡No, no! ¡Déjalo! —vuelve a gritar madre— ¡Váyase, váyase!

«No llores, madre. No llores más por mí».

Vuelvo a verme reflejado en el espejo. Esa enorme criatura de casi dos metros adherida a mi espalda. Sus ojos acosándome. Un ojo mayor surgiendo tras mi cuello, dejando caer su bulboso peso sobre mi cráneo.

—¡Chico, sal! ¡Debes salir!

Mi espalda arde. Mis hombros pesan.

Decido que lleva razón.

Me doy la vuelta y enfilo la cocina.

Lleva razón, debo salir.

Dejo atrás los gritos del médico, las lágrimas de madre, el pasillo, la mochila y la cocina. La noche en Kamagasaki es oscura a pesar de los carteles luminosos; un conjunto de aire viciado, ruido y cemento.

«No llores, madre. No llores más por mí».