Estaba triste la princesa; más que triste… contrariada. Y es que estaba que no estaba, como un mono en un rascacielos: en las alturas pero en ciudad. Ya no solía disfrutar de su castillo; no como antes: había goteras, un par de almenas se habían venido abajo y, para colmo, parte del personal, cocinero jefe incluido, estaba de retiro espiritual.

Un día, cabreada como un resoplo impaciente, corrió a echarle un rapapolvo al rey, su padre; y puntualizo porque no siempre está claro, ya que es de sobra conocida la tendencia al puterío y la cornamenta en las familias de alta cuna.

Se iría y no volvería, no al menos hasta poder disfrutar de nuevo, como ella merecía, de sus rincones preferidos de palacio: la sala de festejos, la gran biblioteca o la cocina real. Estaba acumulando ya demasiado odio, y es que había cosas que no soportaba, tales como: bailar entre cascotes, leer con el ruido de las reparaciones o desayunar con operarios al lado. Desde luego no era lo suyo. ¡No tengo el chichi yo «pa» farolillos! —solía decir.

Más pronto que tarde, dispuso los preparativos adecuados y se echó al camino, segura de encontrar un sitio adecuado para ella y sus dos mastines: Bro y Coli. Iba con una idea poco definida de lo que buscaba; algo acogedor, diferente, donde se sintiera ella misma, donde estuviera a gusto mientras los obreros se ganaban su sueldo en palacio.

Fue, atravesando el bosque de Miratupordonde, cuando avistó una casita de campo. El sitio era idílico; una mezcla de castaños y robles dejaban pasar la luz justa y necesaria. Se quedó prendada nada más bajar y pisar el tapiz de hojas.

Ordenó a su guardia personal acompañarla para ver como estaba la construcción. Nadie dijo que viajara sola: un par de soldados, un guía y una cocinera ¿¡Qué menos!?

Atravesaron una verja descolorida y se plantaron en la entrada.

—Vale… El techo hundido, la puerta desvencijada, y el interior, a saber… —Cogió aire.

—Podemos averiguarlo —dijo uno de los soldados, mientras abría la puerta.

Un gemido quejumbroso y ya estaban listos para bichear el interior. —Sucia y vacía —anunció uno de los soldados.

—Como el bolsillo de un muerto hambre —afirmó el segundo tras abrirla del todo.

—¡Vamos, manos a la obra! –dijo la princesa con sus pómulos apuntando al cielo.

—¿Cómo?

—Comiendo. Lo que habéis oído ¡Vamos a arreglar esto y lo vamos a hacer ya! ¡Me quedo!

Más emocionada de lo que se había sentido en mucho tiempo, ayudó a desempacar sus cosas, a limpiar, a clavar clavos, incluso a recoger leña seca para la chimenea. Antes, en su corazón, justo cuando abrieron la puerta, supo que el único miedo que tenía era que aquel sitio estuviese ya habitado.

Cuando la terminaron de arreglar se sintió orgullosa. ¿Era una casa?, ¿un refugio…? No sabía bien. El caso es que, de no tener un castillo, creía que podría vivir siempre allí: con los aullidos nocturnos, el repiqueteo de la lluvia sobre el techo y el amanecer con olor a tierra mojada y hoja caduca.

Empezó a hacer vida allí, de una forma sencilla y austera, pero rica en formas que nunca había imaginado antes: colores, olores, libertad y paz. Le costó mucho deshacerse de sus criados, que no querían renunciar a la paga extra por desplazamiento, pero, en cuanto recordó cuan efectivo era apelar a su sangre real, no dejó opción a réplica. Quería disfrutarlo sola.

De cuando en cuando llegaba una caravana portando provisiones; a fin de cuentas no era ninguna experta guardabosques. A su vez iba recibiendo noticias poco halagüeñas del estado del castillo; frases como: «Los daños estructurales eran mayores de lo imaginado» o «las cosas de palacio van despacio» eran la tónica habitual. Pero cada vez le fue importando menos, se reía y se comía una castaña.

Se comenzó a preocupar por aquella casa y a mimar cada uno de sus centímetros como si nunca fuera a abandonarla. Mantenía limpia la entrada, procuraba que las arañas no anidaran en sus rincones y embellecía el interior con adornos que ella misma hacía con lo que proveía el bosque: ramas, hojas, semillas y piedrecitas.

Parecía haber olvidado ser una alteza, pero nadie deja de ser nunca lo que es.

Un día que se había echado el frío definitivamente, y sus canes le hacían las veces de mantas junto al fogón, llegó un mensajero real.

«El castillo está ya perfect», esa fue la misiva. Le dijo, además, que un conocido estilista del sur del reino se había encargado, en persona, de dar luz y color a cada una de las estancias. El rey no había reparado ni en gasto ni en fasto. Le había salido por un ojo de la cara.

La princesa, ahora más princesa que nunca, salió disparada como un resorte bien engrasado. Dio órdenes precisas de que enfardaran y llevaran todos sus efectos personales al castillo. Casi olvida a Bro y a Coli. Casi se olvidó de ser princesa; lo que si olvidó, de hecho, fue apagar la chimenea. La choza, que es lo que ahora parecía después del abandono repentino, no ardió de milagro; y no lo hizo porque uno de los mandados anduvo fino y redujo a cenizas el fuego. Una vez estuvo todo recogido, a nadie le hubiera dado por pensar que llevara así solo cinco minutos. Y es que la soledad atrapa a seres vivos e inertes con la misma ferocidad.

A su vuelta todo fueron celebraciones. Todo lucía como nuevo; mejor que nuevo, renovado. Los cocineros, limpiadores, sangradores, mozos de cuadra, cortesanas y un largo etcétera, todos, se mostraban contentos de tenerla de nuevo de regreso.

Su padre, el rey, era el júbilo hecho persona ese día. Se había encargado de que todo aquello, cuanto ella quería, fuese tal como le complacía: los libros ordenados alfabéticamente, la cocina luminosa pero no en exceso, el protocolo de la servidumbre correcto pero no distante etc…

Pasó largo tiempo feliz, viviendo la vida que quería. Pero las goteras volvieron a calar con el tiempo, varias pilastras volvieron a ceder, incluso su bufón preferido se dio a la bebida y tuvo que ser despedido (era un reino muy moderno; con Four roses y Jack Daniels).

Mutó de nuevo en una experta en el arte de refunfuñar, en la mirada de medio lado y en mascullar cosas feas al paso de lo que le disgustaba.

Habló seriamente con su padre, esta vez con auténtico quebranto, con pesar, no era enfado. Volvió a irse.

—¿Recordáis aquel sitio al norte, la casita en el bosque? ­—Preguntó a su guardia personal.

—Sí, jefa —respondió uno— aunque…

—…El bosque es mucho más frondoso que antes —intervino el otro— ha pasado mucho tiempo, una presa cedió cerca. Puede que no siga en pie.

—¡No importa, iremos! —Algo sonrió muy dentro de ella, en sus tripas y entre sus huesos; como solo un niño pequeño sabe hacer durante todo el día; como aún sabemos el resto, aunque solo por momentos, fugaces pero intensos.

A las horas ya se habían echado al camino.

Según tornaba a aquella senda, según la hacía y la sentía, pensaba que quizá hubiese sido un error irse. La vida allí era fácil, plena y satisfactoria, era sencillo arreglar algo porque era difícil que el roto fuera grande, todo estaba a mano, era confortable y cercano, de tierra y madera y no de fría piedra pulida. Definitivamente, le alegraba volver.

Pasaron zonas oscuras y empantanadas del bosque, el acceso no era el mismo. Temía no llegar, temía que ya no fuera igual. Aún así, conservó la esperanza y siguió adelante, ayudando a pasar a los percherones, incluso a desatrancar con ramas las ruedas de las carretas. Según la espesura iba abrazándola y engulléndola iba sintiéndose cada vez menos princesa. Volvía a sentir como suya la corteza, el rocío y la presencia de las ardillas.

El aire se hizo más limpio, la luz más abundante y la imagen cautivadora: los castaños seguían allí, los robles se erguían imponentes, las hojas volvían a ser su alfombra, ¡su casa! Allí estaba todo tal cual lo dejó… no sabía como, pero todo aquel fangal no había avanzado hasta allí. ¡Era un milagro, no podía ser otra cosa!

La casa… desmejorada, ¡pero no importaba!

—¡Vamos, ayudadme! Seguro que terminamos en un rato —Se dirigió al umbral, ya que la puerta estaba caída.

La visión no pudo ser más triste, ninguna palabra más valdría, solo esa. Hubiera cargado de buena gana con la humedad, mil kilos de mierda, las reparaciones, todo el trabajo que quedara por delante, hubiera empeñado uñas y nudillos en hacer de aquel lugar su sitio en el mundo. Pero lo que vio era insuperable: el techo hundido estaba anidado por varias familias de mirlos y vencejos; y al fondo, el hociqueo característico de varios jabalíes dejaban claro que los pájaros no eran los únicos habitantes. Miraba, pero veía nada suyo allí, se lo llevó absolutamente todo.

Ese ya no era su hogar.

La princesa, desolada, se giró y le hizo un gesto a uno de sus guardias.

—¿Nos vamos…? ¿Señora? —No entendía nada.

—Sí.

—¿Pero dónde…?

—Podemos coger la ballesta, limpiar el lugar y des… —añadió el otro.

–¡No! —interrumpió ella—. Este ya no es mi sitio.

—¿Dónde vamos entonces? —Se encogieron de hombros.

—Me da igual. Una posada valdrá.

Se giraron, resignados, y se dispusieron a devolver al carro los fardos que habían descargado.

Ella se volvió para mirar dentro una vez más, y lloró, pero no por fuera, si no en sus tripas y entre sus huesos; como no puede hacerlo un niño, como solo podemos el resto, con el paso de los años.