—Que le dijo que había estado indagando sobre… ¿Qué?  –repuso enarcando una ceja.

—O-no-más-ti-ca —torció el gesto—. La historia o-no-más-ti-ca de los más célebres artistas.

—Entendido —Tomó nota–. ¿Artistas? ¿Era ese su eufemismo para asesinos?

—Y obra de arte para asesinato sí, yo diría que sí.

—Por cierto —inquirió la doctora buscando su mirada—. Veo que no le gusta que le hagan repetir las cosas —Dejó su bloc a un lado, se inclinó levemente en la mesa y formó una ojiva con sus manos.

Alargando su mano derecha y cogiendo una de las bolitas de coco de la bandeja que presidía la mesa, Miguel afirmó con una media sonrisa: —No es aquí donde debería estar ahora mismo, entiéndame. —Se metió el dulce en la boca y comenzó a juguetear con el envoltorio.

—Comprendo  —Se reclinó ella, abandonando su postura pero no su gesto—. Imagino que le gustaría estar con su familia, su mujer estará muy afectada tras lo sucedido, ¿No? —dulcificó su voz— ¿Quiere hablar de eso?

—No está como unas castañuelas la verdad, pero se le pasará.

—¿Seguro?

—Sí, después de todo no ha sido nada… grave —Soltó el envoltorio.

—¿No ha sido nada grave? —Rompió la ojiva para señalar sutilmente la mano izquierda de su interlocutor, o lo que quedaba de ella—. Cualquier otro en su lugar no diría lo mismo.

—Bueno, supongo que soy bastante… asertivo, ¿no es así como lo llaman? —se quedó pensativo unos segundos y prosiguió—. Además, soy diestro cerrado,  y en mi trabajo no será un gran impedimento.

—Trabajaba de… —dudó.

—Trabajo como directivo en el Deutsche Bank —se cambió de postura y añadió— ¿Vamos a estar mucho más? Tengo asuntos que atender.

—¿Me lo está diciendo en serio? Solo hace tres días que escapó, podría tomarse unas vacaciones, está en su derecho ¿No cree?

—El trabajo no espera, es como un ente vivo, y yo soy parte de la cabeza de ese ente, así que… —empezó a dar suaves golpecitos sobre la mesa.

—Bien, si es tan importante… Creo que podríamos hacer lo siguiente: siga explicándome lo que sucedió, no le interrumpo, apunto todo lo que necesite al respecto y otro día, que le apetezca y pueda, volvemos sobre la conversación ¿Le parece?

Asintió y afirmó: —Totalmente de acuerdo. ¿Sigo?

—Continúe pues.

—Aquel hombre me dijo eso: que no estaba todavía seguro de que tipo de sobrenombre ponerse, nombre artístico decía él… Yo le hubiera llamado “el grasiento”, simple y efectivo. Su aspecto y sus maneras, como ya le comenté al principio, me decepcionaron bastante. No sé… vemos muchas películas y acabamos creyéndonos toda esa mierda, hasta yo; de verdad pensaba que era cierto que un asesino en serie era lo más parecido a un superdotado, un mago de la mentira, un tahúr, pero… no me lo pareció. Eso sí, era bueno con el ajedrez.

—¿Jugaba con él? —interrumpió sorprendida— Perdone.

—No se preocupe, creo que no lo dije en la primera declaración; no le di importancia. Verá, me llegó a confesar algo así como que no se divertía mucho torturándome, que era un espécimen extraño.

Desde que abrí los ojos y vi aquel mugriento taller, aquel asqueroso y pequeño agujero, sus cuchillos, cinceles, los coches oxidados, supe que estaba en problemas. Pensé que debía ser más listo que él; así que lo estudié todo lo que pude, y, tras la primera sesión, a pesar de que casi no podía mantenerme consciente, estuve atento ¿Y sabe…?

—Diga, diga. —Se reacomodó en su silla y le apremió con la mano.

—Disfrutaba mucho más con él, con el otro.

—¿Con Jesús Laguna? ¿El chico?

—¡Sí! ¡Mucho más! Ese descubrimiento me salvó la vida. —Sonrió ampliamente, satisfecho.

La Doctora Llorente se estremeció, aturdida por la inexplicable expresión de alegría del señor Urdiales. Acertó torpemente a hacerle continuar con un: —Bien… ¿Entonces…?

—Verá, al principio comenzaba casi sin interés, como si no fuera con él, como cuando te comes algo a media mañana, el tipo de comida necesaria pero que no disfrutas demasiado, ¿sabe?  te da lo mismo un bocadillo o una ensalada, ¿me entiende? —La miraba fijamente buscando confirmación.

—Sí, sí. —Se cruzó de brazos—. Siga, siga.

—Sus ojos eran como los de un muñeco, uno de esos que los tiene pintados sobre el plástico, es decir… estaba como ausente, pero, ¡ay amiga mía!… era empezar a sajar… Y el que dice sajar dice desgarrar o raspar, o cualquier cosa menos hacer caricias, usted ya me entiende; era ponerse el mono de trabajo y algo se encendía en su mirada. Era… Ese tipo era como… ¡Vibraba…! ¿Entiende? —La volvió a mirar fijamente con sus ojos, que tampoco parecían pintados en plástico.

—Continúe.

—Lo que quiero decir es que, cada grito de ese chaval, cada ruego ¡Y las lágrimas! Sí claro las lágrimas eran… Como caviar de beluga para ese cabrón. Sus ojos se volvían a encender más y más cada vez que recibía su ración, ¿como cuando atizas bien el fuego de una chimenea? exactamente igual. Así que lo vi claro… ¡No le iba a dar de comer a ese hijo de puta! Claro que corría el riesgo de que se propusiera conseguirlo, pero… ¿Qué más opciones tenía? Es decir, metido como estaba en una puta jaula hecha a mano por un tarado.

—Entonces aguantó la siguiente… —su voz perdió fuerza.

—¡Sí, sí! No solté una queja. Me partió todas las falanges de uno de los dedos pero aguanté, después me cortó el chico con una tenacilla —Levantó la mano izquierda y la agitó— Ahí casi lo consigue. Era torpe… ¡Encima era torpe! Me tuvo que cortar varias veces, pero aguanté, y… Bueno… Se cebó con el chico.

—¿Se siente usted culpable por eso? —Tomó un poco de agua y se dispuso a escribir.

—Todo lo culpable que se puede sentir uno tras hacer lo posible por sobrevivir. —Dijo muy resuelto.

—Entiendo. ­—Escribió algo y subrayó dos veces.

—Claro, usted me entiende, es una profesional. –Bostezó– ¿Queda mucho?

—Mmm… No realmente. Si quiere lo dejamos aquí y seguimos el próximo día o…

—Bueno, me quedan unos minutos, mejor aprovecho y eso que me quito ¿No? Es lo mejor. —Echó mano a la bandeja, seleccionó un pastelillo y lo engulló.

—Si es lo que quiere, me parece bien.

—Pues bien, como decía: al final el tipo se cebó de mala manera con el chico. Fue cuando empezó a decirme a mí lo que le comenté, que o lo entretenía con el ajedrez o me mataba y punto, palabras literales, y bueno… Eso hice.

El día que me escapé fue todo bastante rápido. Cuando me desperté lo vi almorzando. Lo hacía muy temprano, ¿sabe? sobre las una; había un reloj al fondo del taller, era grande y se veía bien de día. Creo que comía macarrones o algo así. El caso es que el tipo se quedó mirando el tenedor, miró al chaval (que desvió su mirada), rebañó  el plato, chupó el tenedor y se dirigió a por él… Iba sonriendo, con la mirada desquiciada. El chavalillo se empezó a agitar y a tirar de las cadenas, pero usted sabe, era poco más que un chucho zamarreando un juguete. El tío se le puso encima y lo sometió, cogió el tenedor y empezó a pincharle el ojo; he escuchado a gorrinos chillar menos, se lo aseguro.

Ella comenzó a mirar hacia abajo y comentó: –Debió ser muy duro.

Ignoró el comentario y continuó: –Él  lo intentaba una y otra vez, pero imagino que el tenedor era ancho y no dejaba de chocar contra el hueso de las cuencas.  Al final el muy torpe le dio la vuelta, al tenedor me refiero, y, a juzgar por el sonido que escuché… Creo que le metió el mango hasta el fondo. Fue cuando se quedó inerte, muerto o del dolor, no sé… Pero dejó de gritar, eso seguro. Se giró y se me quedó mirando, agarró el tenedor y vino hacia mí. Creo que en ese punto ninguna argucia me habría salvado del hijo de puta ¡Pero por suerte era un puto cerdo! El suelo estaba tan jodidamente lleno de grasa que resbaló, por suerte también era desordenado y dejó ese puto gancho de carne tirado por ahí. Ya le he dicho que fue muy rápido, cuando ya me disponía a defenderme estaba en el suelo, con el gancho clavado en el cuello. Hacía gorgoritos; no duró mucho.

—Entonces… –Tragó saliva e inspiró profundamente.

—Pues rebusqué en sus bolsillos y tenía todas las llaves ahí. Lo demás lo evidente, ya sabe: me liberé y me fui corriendo de allí, salí al campo y llegué hasta la M-500. —Tomó agua, aclaró su voz y añadió— Bien, ahora sí que he terminado, ¿me puedo ir ya?

—Mmm… Sí claro, por supuesto. Ya le llamarán para concertar la siguiente cita.

—¿De nuevo aquí en comisaría, o podrá ser en su consulta? —dijo, poniéndose la chaqueta.

—De momento ya solo en mi consulta, así que recibirá la llamada desde allí.

—Perfecto ­—Le estrechó la mano y se dirigió a la puerta.

—¡Señor Urdiales!

Se paró en el marco de la puerta justo cuando ya salía. ­—¿Sí, doctora?

—¿Me permite una última pregunta?

—Diga.

—¿Está usted de acuerdo con Fermín Luque en que… asesinar puede ser… un arte? —Tragó saliva consciente del atrevimiento.

Se detuvo unos segundos a pensar y respondió: —Lo que sabría decirle es que si eso fuera así, la obra del tal Fermín era un mal cuadro, una chapuza diría yo; no sé que más decirle.

—Gracias y descanse.

—A usted. Buenas tardes doctora.

—Buenas tardes.

Cuando, la psicóloga forense Llorente, se dispuso a recoger sus apuntes y ordenarlos, fue abordada por el comisario Sansegundo.

—¿Y bien? ¿Qué tal fue todo Elena? —Le tocó el hombro y le regaló una amplia sonrisa—, ¿un tipo raro ese Alberto Urdiales no?

—Yo diría que es toda una ironía.

El comisario frunció el ceño añadiendo: —¿El qué?

—La interacción verdugo-víctima de dos psicópatas.